Cómo ser originales rodeados de copias y panfletos (parte II)

La diferencia entre el pasado divino y el actual humanismo es que a aquellos les habitó la culpa del robo y el crimen. En la actualidad, a los humanos no les importan las consecuencia de sus actos porque en definitiva es libre de ser juzgado después de la muerte. Ya los atavíos morales que le sojuzgaban no existen porque, parafraseando, “la moral y la ética soy yo” porque la obra se hace en nombre de sí mismo, lo que ha de justificarlo todo por los siglos de los siglos.


Entendemos que el humanismo no fue un simple soplar vidrio y hacer botellas. Antes fue un dolor de cabeza que tuvieron que resolver estas élites, no solo como justificación, sino para resolver sus propias contradicciones porque estos venían de esas mismas élites que ostentaron el poder que justificaba a dios en la tierra. Pero con el humanismo dios queda cesante, un desempleado más de los millones que deambulan como migrantes en este planeta.


El socialismo o el comunismo nacen de la misma raíz en que nace el capitalismo. Son ramas de un mismo árbol. La diferencia entre estas posibilidades y el capitalismo es que este se realiza como modo de producción y, como tal, establece una cultura con todos sus modos y costumbres permeando el cuerpo de la especie en su conjunto, convirtiéndose en instituciones todas sus creaciones, incluida su ideología, llámense fábricas, iglesias, ejércitos, escuelas, universidades, artes, academias, deportes, información, espectáculos, ateneos o botiquines.


Es de hacer notar que la construcción del capitalismo determinó al humanismo como cultura que se le impuso a la especie a punta de violencia. La historia relata los hechos favorables a este modo de producción. Las demás ramas de este árbol al final solo sirvieron para remachar la existencia de la cultura capitalista: estamos hablando del anarquismo, el utopismo, el socialismo, el comunismo.


A pesar de todo el análisis realizado por Carlos Marx —su desmenuzamiento del capitalismo, sus causas y consecuencias—, los seguidores no pudieron entender la necesidad de sustituir a este modo de producción, si no que creyeron (no pensaron) que de lo que se trataba era de administrar los resultados de la producción, entiéndase la riqueza, y repartirla entre los pobres sin entender que mientras más se produzca con este aparato más pobres habrá. Este error de apreciación o de análisis trajo como consecuencia grandes tragedias a los pobres, por cuanto somos nosotros quienes, afiliados o no a estas ideologías opuestas al capitalismo, terminamos pagando los platos rotos.


Con el humanismo se logra suplir a dios por el individuo y a eso es a lo que le vamos a dar continuidad como condición de obtención de botín hasta ahora. Pero primero son los hechos. Nunca ocurre primero el pensamiento. Esto último es secundario. Podemos soñar, imaginar cosas, pero hasta que eso no logra precisar, elaborar, ensayar, experimentar, no logramos crear un pensamiento fuerte, sustentable, sostenible, que pueda volverse físico en el tiempo.


La diferencia entre las corrientes humanistas —liberalismo, comunismo, anarquismo, utopismo, socialismo— como cualquiera de las variantes religiosas que derivaron de esa guerra para la sustitución de dios por el individuo, la única que triunfó fue el liberalismo. Triunfó sobre las otras porque creó y se sustentó en un aparato de producción. El comunismo, el socialismo, el anarquismo no tenían aparato de producción: lo que tenían era verbo, quimera, esperanza, ilusión, utopías, pero los únicos que tenían control sobre el aparato de producción eran los liberales, los humanistas liberales, los que fundaron el capitalismo, los que lo financiaron, los que acumularon ese modo de producción y lo desarrollaron. En este caso la burguesía que se rodeó de los intelectuales, científicos y artistas que le dieron validez a estas construcciones, que le crearon un manto incuestionable de existencia única y verdadera, palpable y tangible en la tierra.


Para nosotros los esclavos se nos plantea un problema porque el humanismo está sustentado sobre un modo de producción que es profundamente ineficiente para la especie, para el planeta, porque no resuelve ningún problema. Por el contrario, está obligado como sistema a crear problemas, en tanto sistema, para poder subsistir. El capitalismo no puede vivir sin la guerra, sin la pobreza, sin la miseria, sin las carencias. Cuando hay sobreproducción, el capitalismo comienza a morir y tiene que quemar mercancía y generar caos controlado para reacomodarse y otra vez obtener ganancia.


El capitalismo nunca va a llegar a resolver el problema del hambre, porque si se lo planteara moriría como sistema. Vive del hambre, de la ignorancia, del miedo de la especie y para eso funciona el capitalismo, porque produce. Produce pero quema y quema, porque si deja de producir se muere. Si produce demasiado también se muere, tiene que vivir matando, destruyendo la vida. Pero tiene un problema y es que el producto, la materia prima, el recurso natural, para la generación de riqueza es finito y la ambición del capital es infinita. Esa contradicción no se puede resolver, no es resoluble en el tiempo ni en el espacio. Entonces el problema para nosotros los esclavos no es si el capitalismo es bueno o es malo, el humanismo sostiene como pensamiento esos hechos, como lo sostuvieron en la antigüedad los pensamientos religiosos, el mismo sistema de esclavitud. El problema para nosotros no es si es malo o si es bueno o si somos humanos o no. La cuestión a resolver colectivamente por nosotros es si necesitamos seguir siendo esclavos o necesitamos superar esa condición material de existencia, esa precariedad de la vida que somos en la actualidad. Esa es la interrogante fundamental que nosotros debemos tomar en cuenta.


El problema es cómo nos planteamos nosotros otro pensamiento que esté obligado a valorar a la especie como una forma de la vida y a valorarla como colectivo y no como células individuales, sino como colectivo. Y eso requiere un modo de producción que haga posible que se reproduzca el hecho colectivo de manera natural, cotidiana, en el ser. Esto no existe y tiene que ser creado; no existió tampoco en el pasado. Esas ilusiones de ir a la antigüedad, los indígenas, los asiáticos, los africanos, los europeos, esa idea bucólica de que vivían bella y lindamente en un paraíso terrenal hasta que dios los expulsó por tirones… no señor. La historia que nos viene de allá es de guerra, es de tragedia, es de carencia. Volver, intentar, plantearnos, retrotraernos al pasado, no es una solución.


Tenemos que obligarnos a construir, a pensar, a experimentar otro modo de vivir, porque es como cuando decimos “porque cuando yo era joven” y tenemos sesenta cuarenta, cincuenta, ochenta años. Ya no somos jóvenes y ya no vamos a serlo más. Vamos en declive, en deterioro. Tendemos a desaparecer como forma de vida. Esa es la realidad: ninguna de las formas culturales de vida que existieron hace miles de años tienen sentido a menos que hayan pervivido en el tiempo y se hayan mantenido. Puede que hayan culturas que lo hayan hecho, las culturas de hoy que dicen que son culturas y viven bajo la arquitectura capitalista, bajo las relaciones de producción capitalista, expresados en el comercio, en la diplomacia, la adquisición de conocimiento capitalista, la difusión del pensamiento capitalista, no son más que capitalistas, así haya nacido wayúu, yanomami, africano, asiático, europeo o colombiano, es culturalmente capitalista, es culturalmente burgués, burgués con plata o burgués esclavo, pero culturalmente, ideológicamente burgués, humanista, capitalista.


¡Ah!, ¿qué hay dos tipos de humanista? Sí, el humanista dueño de los humanista ideológicos que somos los esclavos. El humanismo y todo lo que lo expresa es una cosa maravillosa. La libertad, la igualdad, la democracia, la fraternidad, la civilización, el progreso, el desarrollo, toda esa terminología es maravillosa para un capitalista dueño, realmente es una maravilla, porque ese dueño es libre, sabe cómo funciona realmente el sistema (que es a través de la guerra, el saqueo). Él sabe y practica todos los preceptos humanos.


Los esclavos que somos nosotros los ideologizados, los que vivimos todo el día pegados al teléfono, soñando ilusiones, cómo ser una maravilla en el mundo, que cuando me pegue la lotería, que cuando me coja al mejor culo del planeta, que cuando me haga millonario: ese es el ideologizado. El que no va lograr nunca nada de eso. No lo va lograr jamás. Si no las cárceles no estuvieran llenas, ni los ejércitos, ni los cementerios, ni los manicomios, llenos con los esclavos que intentan salir de abajo. Toda la ilusión que vende el capitalismo para que cumplamos esa ideología del humanismo. Pero siete mil millones de esclavos no pueden equivocarse, está sobredemostrado que estamos ideologizados todos.


Ahora, intentar salir de allí nos invita a conversar. Si creemos, por ejemplo, que los humanos siempre existieron. Hay gente que dice sí: los humanos siempre hemos existido, o bien porque nos creó dios o nos crearon los dioses, o bien porque venimos de reptiles o no sé de donde que inventaron los científicos cualquiera de esas razones. Pero la verdad es que lo humano no existía. No es verdad que siempre fuimos humanos. El humanismo es una cosa muy nueva. Es una especie, no eso, lo que tiene miles de años, con unas variables culturales, según clima, geografía, que determinan trabajo modos y costumbres. El humanismo apenas tiene existiendo como condición mental quinientos años, seiscientos años. Incluso cuando se institucionaliza no tiene más de doscientos desde que se usa el término humanismo en sí. Es como el celular, la gente dice que no puede vivir sin el celular, que no pueden vivir sin el humanismo. ¿Cuánto tiempo tiene el celular cuarenta, cincuenta años existiendo? Y antes, ¿con qué vivía la gente? Hay gente que tiene sesenta años y dice que no puede vivir sin celular. ¿Y antes como vivió? Es tonto. Nos obligan a pensar que no existimos sino con el pensamiento del otro, con la capacidad de otro, con la posibilidad de otro. Que no podemos pensar y ese es más o menos el pensamiento que todos los esclavos tenemos. El humanismo le sirve a una clase social para someter a una especie o a todas las especies o a toda la vida. Porque el humanismo, al final, es la sistematización de la compleja experiencia que ha tenido esta especie durante siglos o milenios. Y el humanismo ha sistematizado todo eso complejo trajinar de la especie.


Ahora, pretender que no se puede cuestionar al humanismo porque nos estaríamos cuestionando a nosotros mismos es estúpido. Porque si una especie tiene siete mil años, quince mil años y un concepto tiene apenas quinientos, seiscientos, setecientos, mil años en su proceso de construcción, ¿cómo es posible que nosotros seamos eso y no podamos ser otra cosa? Si la especie decide nombrarse será lo que le dé la gana cuando se nombre. Porque antes de que la gente se llamara humana se llamó yanomami, se llamó wayúum se llamó bantú, yoruba, bari, griego, chino, asiático, árabe. Antes de que se llamará humano, se llamaron de miles y miles de formas con datos culturales que le permitieron a la especie en esos climas, en esas condiciones materiales, existir. Y la gente se nombró tantas veces como climas y geografías, territorios habían. Es muy moderno, casi del 1800 para acá es que comienza todo el mundo a llamarse humano y dar el término humanidad. Porque una de las cosas que creó el humanismo es la superioridad. Le dio fuerza. No la creó porque siempre las élites se creyeron superiores en todas las culturas donde se impusieron los guerreros. La guerra era la forma de obtener botín, crear poder y crear mafias; crear condiciones materiales de existencia para elites poderosas.


Para existir el poder, necesitaron, obviamente, nombrarse superiores, y eso ocurrió en las culturas guerreras, en todas las culturas donde la guerra fue, digamos, sustento de la vida de estas elites. Estas culturas se creyeron y nombraron superiores considerando a los demás bárbaros o salvajes, herejes o infieles, ¿qué es lo que hace el humanismo? La lleva a un grado máximo de superioridad, al exclusivismo absoluto, al excepcionalismo absoluto, a la condena de todo lo demás que exista, y solo yo humano soy, y nombró y se nombró como tal humano. Entonces todas las culturas guerreras asumieron el concepto humano porque se sentían tan superiores como cualquier otra cultura, siempre y cuando tuvieran un arma con qué defender y con qué invadir, con qué saquear. Era fácil que con ese pensamiento copara todos los pensamientos, aunque estos fueran religiosos. Los árabes, los persas, los chinos se consideran humanos, y ahora también los yanomamis y todo el mundo fue perdiendo su esencialidad como gente, que eso es malo o es bueno, ese ha sido el devenir de la especie, de acuerdo a la historia contada y oficializada.


El maniqueísmo no nos sirve a nosotros para pensar o cuestionar cualquier cosa de esas. Solo que ocurrió así. Ahora no podemos nosotros deshacer esos entuertos: eso no tiene solución, porque las culturas se avergüenzan como invadidas, como sometidas, como dominadas, y las culturas ambicionan ser como el dominador, como el invasor, como el saqueador, como el ladrón, como el criminal. Eso no tiene solución. No hay cómo resolver el problema desde ahí. El problema se resuelve en la medida en que se empiece a pensar desde otra perspectiva, porque, querámoslo o no, el tiempo que se está viviendo es un tiempo de deterioro. Ese tiempo de quebranto nos permite ese pensamiento, esa idea que estamos tratando de elaborar, pero no por eso el poder. El poder puede desaparecer con lo humano, puede desaparecer como lo que sea, pero va seguir apareciendo como dominio, como un bodrio, como lo que sea, pero va seguir existiendo.


Como en las llamadas películas de mundos distópicos donde el capitalismo se reduce a una plancha de zinc, una nave que vive por encima de todo el mundo y esclaviza a todo el planeta. Pero esa élite vive en esas naves con todas las comodidades inimaginables, mientras en la tierra, la gente cayéndose a coñazos, zombis, mutantes, desahuciados, gente muy deteriorada, mermadas por millones, todas entre murallas, muros, guetos, cárceles. Esas películas nos hablan de eso y una élite que vive maravillosamente bien, pero con unos grados de defensa impresionantes, porque saben que esos que viven abajo siempre quieren subir, y claro, no deja de tener ese hilo que en el cielo está la felicidad. Ninguna cultura distópica se construye debajo en la litosfera, ni en la biósfera. Ya la idea de paraíso terrenal ha sido desterrada, porque ya eso se supone estará destruido.


Todo está en el cielo. El todopoderoso humano sustituyendo a dios todopoderoso en el cielo. Eso es el humanismo, y, como concepto, marcha inexorablemente sin pena ni gloria hasta su desaparición. Esa es la idea básica en que se sustenta este sistema.


El concepto de lo humano no fue capaz de superar esa idea primaria y rudimentaria que durante milenios han fortalecido las élites que han dominado al mundo. El poder humano no ha podido superar el hambre, el miedo y la ignorancia, taras que mantienen aferrada a sus cadenas a esta especie que somos. El robo y el crimen solo pudo afincar a un ser egoísta y miserable que durante milenios se preparó para ocultar el sentimiento de culpa, repartiéndolo entre todos por medios de sus aparatos ideológicos y propagandísticos, haciéndonos creer a los esclavos del salario, de la profesión o cargo que sea, que también somos culpables de toda la tragedia producida.


Resuelto el problema de dónde nos viene el desamparo, debemos tener claro que los humanos o la burguesía, como clase o estamento o centro poderoso que domina y decide la vida y la obra de todos en el planeta, no están en disposición de solucionar nada por el simple hecho de que cómo viven es el deber ser y no precisan resolver nada. Por el contrario, su tarea consiste es mantenerse en el control de sus hilos poderosos.


No es un problema de género, de minorías, de color de raza, de partidos, de gremios, de etnias, de estados. Es un problema de conceptos, de sistema de producción, de quién domina, cómo subyuga y para qué esclaviza, porque hay mujeres traficantes de drogas, empresarias, ejecutivas, violadoras, asesinas, gobernantes, dueñas de prostíbulos, ministras, generalas, al igual que existen negros o afros, indígenas, discapacitados, religiosos, nacionalidades, homosexuales, y los etcéteras, que ejercen estos mismos oficios o detentan espacios poderosos. A ninguno de ellos les importa si violan o no violan, si hay abuso sexual o niñez abandonada, crimen, robo, invasión, masacres o desplazados; inmigrantes o explotación sexual o laboral en general, o destrucción de ríos o contaminación de todo tipo. A ellos solo les interesa su poder.

La conversa es para esta especie esclava: ¿qué decisión tomaremos? ¿Seguiremos buscando escaleras al cielo? ¿Seguiremos ambicionando, añorando enceguecida por todos los aparatos ideológicos, sean escolares o informativos o provocativos, inducidores al consumo? ¿O nos dedicaremos conscientemente a separarnos del capitalismo para poder andar juntos? Dar respuesta a esta interrogante obliga a la tarea de pensar.


La especie cada cierto tiempo comporta una fuerza que puede y siempre lo ha hecho, en la medida en que se ha conjugado con una o varias ideas, y ha logrado dar saltos, superar escollos. Lamentablemente esa fuerza siempre ha sido usada para las peores causas o, en su defecto, para acciones generadas por razones ideológicas que al final terminan por frustrarla por cuanto las mismas se sustentan en falsas percepciones de la realidad. A esta fuerza se le ha llamado juventud y se le han endilgado, de acuerdo a los intereses del poder, virtudes y propiedades fuera de lo común. Pero cuando no la controlan, entonces la juventud no sabe comportarse, no respeta y se les somete a la condena, al escarnio público. Se les droga de mil maneras o se les etiqueta como boba, yupi, jipi, equis, ye, zeta, milénial, centénial, en las bolas y no concebidos.



Como fuerza constante en todo presente, esta fuerza de la especie debe abandonar su embeleso embrutecedor y consumista a la que se le somete y comenzar a pensar con cerebro propio, salir de la dicotomía de si el humanismo es bueno o es malo. Al final el poder es poder, nómbrese como se nombre. En el nombre de dios, del rey, de los dioses o en nombre de lo humano, el poder seguirá existiendo en la medida en que la especie no sienta la necesidad de dejar de ser esclavos y no siga pensando en la ilusión, utopía o quimera de creer, por ejemplo, en el derecho a huelga, a un mejor salario, a uniformes, a comer, a que no nos maten, desplacen, o cualquier otra prebenda que creamos que nos pertenecen. Todas esas idioteces que deseamos como esclavos, sin darnos cuenta de que eso lo único que nos conduce es a la esclavitud absoluta porque esos no son ningunos derechos: quien puede pedir que la camioneta le funcione bien para ir a ser esclavo en la fábrica, quien puede pedir mejores uniformes para ser esclavo en la fábrica, quien puede pedir comer mejor, para gastar más energía en la fábrica, para tener el celular, el carro, solo a un esclavo se le puede ocurrir. Es la gran locura, alienación o enajenación a la que nos tienen sometidos las élites poderosas que hoy dominan este planeta.

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