Si queremos pensar, debemos suicidarnos intelectualmente (I)



Las élites en su miedo nos han separado tanto de la vida, que si esta especie desaparece, no tendrá en el universo quien la llore.


Desde que la burguesía nombró como revolución la instauración de su sistema de sometimiento a través de la creación del modo de producción capitalista y los preceptos humanistas, ha remachado la esclavitud en el planeta basada en la idea de la superioridad y la exclusión. En adelante todas las ideas que han intentado combatir a la burguesía, su modo de producción y la cultura humanista solo han fortalecido su existencia.


La única revolución social que realmente se conoce es la revolución burguesa. Porque la revolución, viéndola desde la perspectiva de la transformación absoluta o la sustitución absoluta de un modo de vida por otro, implica que se cambien radicalmente todas las estructuras, aunque aquellas que quedan por diversas razones, como el caso de la Iglesia o de la monarquía, quedarían sin ningún peso específico como para devolverse o hacer que se vuelvan atrás los hechos que están ocurriendo o que se están instituyendo, por tanto la única revolución que se conoce exitosa es la revolución burguesa.


Esta revolución efectivamente cambió arquitectura, conceptos, modos, usos y costumbres, percepción de la realidad, distinta a como se había visto hasta el momento de ocurrir esta revolución; cambia el modo de producción y cambian las estructuras políticas, la filosofía, el arte; por supuesto las estructuras ideológicas, formas de adquisición, acumulación, aplicación y transmisión de conocimiento.


Es necesario entender que las ideas impulsoras de la revolución burguesa y sus líderes no buscaban sino amalgamar y sistematizar modos, usos y costumbres que conllevaran a la clase burguesa a mantenerse en el poder, y esto lo entendieron al darle concreción al modo de producción capitalista, que es lo que impera culturalmente en el planeta. Ya no son las naciones y sus culturas nacionales las que dominan al mundo sino el capitalismo y su cultura humanista.


Se deciden las relaciones que regirán a los ladrones y asesinos, enemigos desde siempre. Al firmar el contrato social los enemigos se vuelven socios, regidos por estrictas reglas que, de ser violadas, los infractores serían castigados por las reglas sociales, pero como son asesinos y ladrones cada uno sustentado en el aparato de producción intentarán robar y acumular al máximo la riqueza que le permita ejercer la libertad de apoderarse de lo que los demás acumulen o pretendan acumular. Las relaciones entre ladrones se legalizaron por vía de los códigos de comercio, porque siempre el vendedor quiere robar al comprador y viceversa, nadie quiere comprar caro ni vender barato; es por esto que el Estado impone reglas arbitrales entre los ladrones socios o enemigos.


De manera que la burguesía en Europa, contando con todos los recursos que saqueó del planeta, pudo, bajo el método del ensayo y el error, que luego lo constituye como el llamado "método científico", impulsar hipótesis y teorías y desecharlas permanentemente hasta llegar por esa vía a que una cosa era razonable y otra cosa no lo era, y esa revolución les permitió imponer verdades, pero esa revolución no era solo una discusión, un pensamiento, una idea: para imponer algún tipo de arquitectura tenías que destruir o construir otro tipo de arquitectura; la burguesía optó por construir su propia arquitectura, y para ello se apropió de los territorios que estaban en manos de la monarquía. La burguesía no pierde el tiempo tumbando iconos, sino que construye unos nuevos porque entiende esa, como su tarea, para imponerse como clase dominante.


Cuando empieza el aparato de producción burgués a imponerse en el mundo, los castillos quedan para el turismo, para los museos, para que se refugien los retazos de monarquía derrotada por la burguesía, los retazos de Iglesia que después de ser dueña de medio planeta queda con 40 hectáreas en El Vaticano. Eso no quiere decir que la Iglesia no tiene poder o recursos y que no invirtió en fábricas y que no siguió existiendo como una industria más de droga, viviendo del miedo de las mayorías empobrecidas por el aparato de producción capitalista, pero ya no con el poder de decidir; entonces parte de la arquitectura feudal quedó como empresa de turismo, pero bajo la égida del capitalismo, bajo el control de la burguesía.


Esa revolución va a producir una noción totalmente distinta al concepto que anteriormente existía, que era una concepción básicamente religiosa. El humanismo no es que deja de ser totalmente religioso, pero usa la religión como excusa, usa la religión como una droga más, al igual que el opio, la cocaína, la marihuana o las legales que venden los grandes laboratorios y muchas otras que le ayudan a lograr y mantener sus intereses, pero ya la burguesía no cree en dios; un liberal, un señor burgués, no cree en dios, ellos saben que son ellos los que mandan, los que deciden, imponen, quitan. Lo demás que hemos tenido como revolución son los movimientos sociales que derivaron de la lucha por el poder entre reyezuelos, príncipes, monárquicos, saltimbanquis, clase medias, terratenientes venidos a menos, burgueses utópicos que creyeron que podían hacer otras cosas, porque seguían siendo religiosos y creían que podían agarrar la plata para que el pobre no sufriera. Todo ese tipo de cosas generó otros grandes movimientos sociales, pero no pasaron de ser continuidad de esa revolución burguesa hasta nuestros días.


Eso por supuesto choca con las teorías socialistas, las teorías comunistas, que van a ocurrir después del señor Marx, sus seguidores o los que se justificaron en el pensamiento marxista para pelear y construirlo. Por ejemplo, la demostración palpable es la Unión Soviética, un pueblo que trabaja, lucha, construye, desarrolla la productividad a unos niveles que pudieron superar los límites alcanzados por el capitalismo de la época, pero todos esos aportes, 70 años después, pasan a manos del capitalismo. Sin ninguna duda, entonces, aquello que se devuelve no es una revolución, no puede ser, porque una revolución ocurre cuando revienta con todo, no deja para donde devolverse, quema los barcos.


Después de la guerra donde la burguesía resuelve sus contradicciones con la monarquía y termina con el control del poder, nunca la hemos visto devolviéndose o refugiándose en la Iglesia, la eliminación del Estado incluso es una de las luchas que existe hoy, porque para los liberales este es una rémora ya que el burgués pretende ser dios absoluto en un territorio donde el mercado lo rige todo.


El otro elemento es la teoría de la lucha de clases. Para que haya una lucha de clases, estas deben tener conocimiento de su existencia, de sus intereses, deben tener una valoración de sí mismas, de lo que las nombra y de lo que no las nombra. Si eso no existe, difícilmente una clase puede pelear por sus intereses, porque no sabe cuáles son, siempre dependerá de que alguien más le diga "esto es lo que hay que hacer" o "esto no es lo que hay que hacer", y hasta hoy los proletarios que se supone somos la contradicción de clase con la burguesía, no tenemos claro cuáles son nuestros intereses, que nos lleve a elaborar nuestro propio plan de lucha, porque hasta hoy a lo más que hemos aspirado es a tener un mayor sueldo y en el mejor de los casos alimentar la ilusión de ser como los dueños. Porque los principios llamados socialistas o comunistas nos han devuelto después de grandes luchas y sacrificios a los rediles del capitalismo en peores condiciones que las anteriores. La historia reciente en el siglo XX así lo demuestra. La realidad es la realidad y nada distinta a ella la puede sustituir, así sea muy hermosa la ilusión.


Carlos Marx definió a las clases en sí y para sí, de acuerdo con la posición y relación que establecen en el aparato de producción. De acuerdo con esta definición, la burguesía es una clase en sí, en tanto existe como dueña, como esclavizadora, como dominadora en el papel que juega en el aparato de producción. Esto a su vez la convierte en una clase para sí, en tanto tiene conocimiento de su existencia y su capacidad de decisión, de qué hace y qué no el aparato de producción, en tanto tiene claridad del papel que juega en su relación con otras clases, en que se nombra como dueña y a los efectos actúa, y por otro lado nombra lo existente como su propiedad y por tanto planifica y decide el destino de las demás clases como de su dominio, y con ello aplica el principio de propiedad privada sobre toda la vida existente en cualquiera de sus formas; así mismo impone a las demás clases su visión del mundo y la convierte en ideología, como también métodos, modos, usos y costumbres de la existencia como un inamovible. Pero lo fundamental como clase es que ha creado su propia memoria con la cual se transmite su don de mando a los suyos y obliga a los demás a su aceptación como clase predestinada al dominio para siempre.


Por otro lado los pobres, en todas sus variantes, hasta ahora solo somos una clase en sí, en tanto ocupamos el papel de esclavos en el aparato de producción que nos roba el trabajo y nos da existencia como tal clase, pero no podemos ser una clase para sí porque no tenemos conocimiento de nuestra existencia, no nos reconocemos colectivamente, como una clase esclavizada, sino que en nuestro imaginario solo nos imaginamos ilusoriamente como dueños, aunque no tengamos ni dónde caernos muertos.


Esto le plantea a la especie un dilema, y decimos la especie porque el sistema de producción capitalista, la cultura humanista, ha sometido a la mayoría a sus designios. En primer lugar, si tomamos conciencia de que existimos como esclavos; en segundo lugar, si asumimos que podemos construirnos desde nuestro propio interés, si sabemos que existimos como esclavos y no queremos serlo, entonces tenemos que saber que debemos abandonar la fábrica, la industria, y esto nos obliga a tener un plan propio, un concepto de otra manera de producir la vida, que sustituya al capitalismo. Eso no lo entendemos los obreros hoy en el planeta.


Lamentablemente esa no es la discusión entre nosotros, la discusión de los obreros es que nos paguen más plata, que nos den menos horas de trabajo; no cuestionamos la existencia de la fábrica, no cuestionamos la existencia del capitalismo. Cada día nos hacemos eco de las divisiones gremiales: afros, americanos, europeos, mujeres, indias, embarazadas, flacas, gordas, pequeñas, medio pequeñas, altísimas, muy bajas, con marido, sin marido, matriarcales, patriarcales, que si los lgtbkrxbwyz del todo sexo contra todos, indios, etnias, indígenas, de las fechas en que nos nombran para celebrar su comercio, día de la mujer, hombre, blanco, negro, independencia, de los caramelos, las chupetas, las hojas secas, las empanadas, los moluscos, los meteoritos, los suricurimbambas, por tanto, no podemos hablar de confrontación de intereses entre proletarios y burgueses, por cuanto nuestros intereses aún no los hemos definidos, como sí los tienen definidos los burgueses.


Que tengamos mejor salario, que nos tomen en cuenta, que se escriba un derecho en una ley y nunca se cumpla, ha sido la gran tragedia de esta especie esclavizada que sigue creyendo en élites que luchen por ella y que no entienda la vieja frase del señor Marx, que la emancipación de los pobres es obra de los pobres mismos, y agregamos que para ello se necesita crear un pensamiento raíz, original, que nos haga comprender que no necesitamos de élites dirigentes para llevar a cabo nuestro propio proceso de desaparición, que nos lleve a entender que obrero que piensa colectivamente abandona la fábrica y genera sus propios intereses, que no somos un género ni un gremio ni una religión ni un partido ni una raza ni un color ni una fe: que somos una especie esclavizada por un sistema de pensamiento hecho físico, que atenta contra la vida permanentemente.


En el supuesto, como ya de hecho ha ocurrido, de que sea derrotada la burguesía, esos proletarios o esa clase media o esos sectores esclarecidos que toman el poder en nombre de nosotros, terminan convirtiéndose en burgueses. En el caso de quienes no toman el poder, mueren en su lucha porque son personas que tienen, digamos, un principio, una ideología, pero las generaciones siguientes vuelven a la burguesía sin ninguna duda y no hay ningún pueblo que haya podido demostrar lo contrario hasta ahora.


Si hubiese un pueblo que pudiera decir "no, mira, aquí hemos hecho tal cosa", "aquí está tal experimento", "aquí los obreros piensan de otra manera", pero un obrero cubano, un clase media, un artista, un profesional, ¿en qué piensa? En ganar más, en tener más, en obtener, en que alguien resuelva los problemas, no piensa en producir otro modo de producción, no lo piensa ni lo pensaron los obreros soviéticos, ni lo piensan los chinos ni lo pensaron los vietnamitas, solo que derrotaron al imperialismo y se hicieron dueños del territorio, de la independencia, y allí la continuidad de la burguesía con su progreso, su civilización, su crecimiento económico, su ser potencia, su competencia, su libre mercado, es decir, todo eso que llamaron revoluciones, luego de la real revolución burguesa, han terminado de nuevo en manos de la burguesía, pero con grandes aportes en lo militar, artístico, productivo, filosófico, que muy bien ha sabido aprovechar la burguesía por el simple hecho de que los obreros no hemos pensado en sustituir al capitalismo, sino que lo creemos como si fuera eterno y que no existe otra posibilidad de vivir que no sea comiéndonos los unos a los otros.


Hasta los momentos los pobres en todo el planeta no nos hemos diseñado como una clase en vía de desaparición, no nos hemos diseñado o soñado o pensado como forma de vida, en capacidad de entendernos parte del todo, no nos hemos concebido como gente que pertenece a un territorio y no un territorio que nos pertenece, sino que seguimos entendiendo la vida bajo las premisas de la burguesía. Todo nos pertenece y todo debe ser dominado y sometido por la fuerza.


Por tanto, lo que en nuestro interés nos debemos plantear los obreros o la especie empobrecida en estos tiempos, ya no tendría que ver con el concepto revolución. Lo que ahora estamos diciendo puede parecer una herejía, un crimen para los comunistas, para los anarquistas, para los socialistas, para los utópicos, para los luchadores sociales: atreverse a decir que, por ejemplo, en Venezuela no está ocurriendo una revolución, que en Nicaragua no está ocurriendo una revolución. Pero es la verdad: no está ocurriendo una revolución, porque como ya dijimos la única revolución la protagonizaron los burgueses y sus resultados son, por un lado las mieles que goza una minoría, y por el otro esta tragedia que hoy vivimos las mayorías depauperadas en este planeta.


Tan es así que nos impuso su lenguaje, sus aspiraciones, sus métodos de lucha, sus organizaciones verticales, su arte y su humanismo del cual no existe ningún comunista o socialista o anarquista que lo cuestione, por muy radical que este sea en su sueño, pensamiento o acción.


En función de nuestros intereses los pobres debemos saber a ciencia cierta qué es lo que está ocurriendo, no solo en Venezuela sino también en el mundo entero, por cuanto el mismo sistema que nos exprime a nosotros como pobres venezolanos es el mismo que exprime a los demás pueblos del mundo. Nosotros seguimos llamando a lo que está ocurriendo Revolución Bolivariana, como la nombró Chávez, ¿pero realmente es una revolución, esa palabra acaso condena al que la pronuncia? A nuestro entender no, por cuanto así somos criados y constituidos culturalmente, el nombrar con la palabra de los otros no nos condena ni nos hace culpable de nada, pero sí los hechos, las acciones.

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